EMAILGELIO 18 de junio de 2017 Featured

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Pan tierno


Emailgelio 283 del 18 de junio de 2017 – Corpus Christi (A)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Disputaban entonces los judíos entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”

Entonces Jesús les dijo: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre”. (Jn 6, 51-59)

            Érase una vez un pan tierno, crujiente, de olor agradable y aspecto apetitoso. El pan se encontró rodeado de un grupo de niños que tenían muchas ganas de comer; pero cuando el pan los vio, tuvo miedo y corrió a esconderse… Pasó el tiempo y aquel pan que no quiso dejarse comer, se puso duro, lo encontraron y lo tiraron a la basura.

            En cambio, había una vez un pan tierno, crujiente, de olor agradable y aspecto apetitoso. Llegó un grupo de niños con ganas de comer. Cuando el pan sintió que lo cortaba el cuchillo, no dijo nada, aunque pensó que se moría. Pero al sentir las manos y la boca de los niños, se sintió alegre. De pronto, el pan se dio cuenta de que no había muerto: se había transformado.

            Jesús es el pan vivo, el pan tierno, crujiente, que no se esconde sino que se ofrece para ser comido, para alimentar y dar alegría a todos.

            Además ese pan que se entrega nos invita a nosotros a transformarnos también en pan que se entrega para alimentar y dar vida a otros. El que parte y comparte el pan de la Eucaristía, debe partir y compartir el pan de cada día. Desde el principio, ningún cristiano se acercaba a la Eucaristía sin algo que ofrecer. Ninguna necesidad les dejaba indiferentes.

Como dice el Papa Francisco, al invitarnos a vivir “la alegría del evangelio”, la Eucaristía “no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (nº 47). Es para los caminantes, no para los que creen que han llegado a la meta. La propia imperfección no debe constituir un obstáculo para comulgar sino un estímulo y un acto de confianza en la acción del Señor: “un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas” (nº 44).

Dice Jesús que el pan que él nos ofrece es su propia persona, y quien come de este pan vivirá para siempre. Buscamos un pan que no se endurezca ni se enmohezca, es decir, que nos mantenga vivos, sobre todo cuando nuestras fuerzas decaen, y que humanice nuestra relación con los demás. Según el propio Papa Francisco, “Dios vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia”.

                                               Ignacio Otaño SM

 

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